Poesía en el jardín. Viajes y paisajes.

Bajo la coordinación de Mercedes Cebrián, la Residencia de Estudiantes ha organizado un par de lecturas a cielo descubierto los días 29 de junio y 7 de julio, a las 21 h en su jardín. Aunque las entradas estén ya agotadas, es posible seguir el evento en streaming a través de www.edaddeplata.org. Tengo el placer de leer junto a María Eloy-García, Andrés Catalán y Adrián Maceda la primera de las noches. La segunda lo harán Luis Enrique Belmonte, Carlos Catena, María M. Bautista y Ángela Segovia.

A continuación, comparto por primera vez en este blog el poema que cerrará mi próximo libro de poesía, La revolución exquisita, y que mañana leeré en el jardín de la Residencia de Estudiantes.

PALOMAS DE NIEVE

Envueltas en la humareda de los incendios,
las cúpulas bulbosas de San Basilio:
ocho llamaradas, ocho plegarias
para calmar al demonio.
    Napoleón,
con sus manos cubiertas de sabañones,
sujeta casi sin fuerza los prismáticos.
¡Tras una larga campaña, por fin están en Moscú!
No le habían parecido tan lejanas
ni Nápoles, ni Madrid, ni Alejandría, ni Jaffa,
ni más tarde se lo parecería Elba,
ni tampoco su destierro en la isla de Santa Elena.

Han sido doscientos días necesarios
para trillar las llanuras de Rusia con sus cañones
y con los últimos hijos que quedaban
de los tiempos del Terror.
El fuego del enemigo,
también la disentería y el tifus
y sobre todo el general al que llaman
    «Invierno»
han ocasionado muchas bajas,
en este viaje en el tiempo,
tras manadas de uros, cíbolos y bisontes
que le estaban esperando huérfanos
en las estepas, para verlo aparecer
bajo su manto de púrpura y terciopelo.
¡Qué decepción la del siervo de la gleba
cuando ve que la pompa y el boato
del mundo que se anunciaba nuevo
es la misma de siempre:
la del águila y el césar!

Han sido quinientos años necesarios
para levantar en piedra el exvoto,
que el Zar Iván «El Terrible» entregó,
por su cruzada contra el islam de los tártaros,
a Santa María Madre. Más tarde
fue San Basilio «El Bendito», taumaturgo
de los pobres y enterrado en la Plaza Roja
junto a las murallas, quien
a golpe de prodigios bautizó la catedral.
Tan hermoso el relicario,
que el zar ordenó arrancar los ojos
al arquitecto, para que ya no pudiera
construir otro templo igual.

No va a ser Napoleón menos
que Ivan «El Terrible», y piedra
a piedra pretende que trasladen
San Basilio a París.
«Es imposible» protestan sus hombres.
«Pase revista a sus tropas, verá
que no hay suficientes hombros
que puedan cargar tanto peso hasta Francia,
ni tan siquiera podemos jurar nuestra vuelta a casa».
Si es cierto lo que dicen, Napoleón
humillado, no piensa dejar en pie
estas ocho llamaradas que refulgen
en el blanco. Antes de que sea tarde
con una detonación de pólvora y metralla,
como un tambor abrasado, hará volar
por los aires San Basilio.

Las sospechas de muerte asustan
a las palomas que, en ausencia
de los moscovitas, velan la ciudad.
Y cuando Napoleón intenta
encender la mecha, mueven a la vez
sus alas, agitan el viento, traen
    la borrasca.
En Moscú nievan plumas que parecen copos,
copos que apagan el fuego.
Y el emperador de Francia decide
emprender ahora el regreso a Occidente.

El incienso se confunde con el olor
de la tierra quemada por los que escapan.
Afuera sigue la guerra, adentro todo está en paz.
Detrás del iconostasio el misterio incorruptible
de la fe, porque la carne esparcida
contra las torres del Kremlin se pudrirá
cuando llegue el deshielo, cuando las tropas
francesas se esfumen en horizontes
y de esta revolución
solo nos quede la música y la letra
que conmueve a las montañas.

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